jueves, 28 de agosto de 2008

Otro de mis cuentos

Con este saque 4º puesto, en el concurso de literatura departamental en el 2007:

Nebulosa, años que matan


Me hallo recluido, mis propios pensamientos han formado una muralla inmaterial a mi alrededor. Todos mis sentidos se encuentran en un estado tenue, solo la vista me da una lenta, casi inmóvil, imagen de lo que sucede en mi contexto. Acabo de darme cuenta de las faltas que he cometido a lo largo de mi vida, de que todo lo que me sucede es por mi propia culpa, pero también por la de ella, que me miente constantemente.

Me he convertido en parte de su ganado, uno que se mueve a través de las mentiras de esperanza y solo me ha mencionado que soy “miserable”. Desde que nací, ella ha permitido que me engañen. Me ha dicho que para ser feliz debería tener mucho, que las familias tradicionales son las compuestas por dos padres y dos hijos, en casas innecesariamente inmensas, con varios autos. Me han leído los cuentos de hadas, con hermosos carruajes tirados por corceles blancos, similares a los de la realeza de la era contemporánea. Pero veo mis manos, aprovechando el único sentido que aún me responde, y observo delicadamente las correas que hay en ellas. Correas gastadas, de incierto origen, que me muestran hasta dónde me llevan lentamente. Y en ese preciso instante veo que los bellos corceles que debería tener, en realidad, son pequeños caballos delgados, unidos a mi carruaje, que no es más que un inmenso cajón. Mas a cada instante reflexiono, por qué razón estoy sobre él, y recuerdo a las siete almas que me esperan en mi morada. Veo por un momento a mi entorno, para apreciar que esta situación no solo me pertenece a mí, sino al resto también. No compartimos todas nuestras aflicciones, pero sí algunas. Me doy cuenta de que esta adúltera realidad que ella me ha planteado no es verdadera.

Las familias no están compuestas como nos dijeron, los autos son diferentes, en número y condiciones, las casas, las casas ni siquiera se asemejan. Sin embargo, siento que a mi dolor y angustia no la comparten todos. ¿Qué será entonces lo que los hace diferentes? Ellos se han dado cuenta de otra gran verdad. No es necesario tener estas cosas para ser feliz. Casi nadie las posee, ni sus familias se componen de esta manera, e igualmente son dichosos, porque las familias normales son las diferentes a las que nos mostraron por años.

Pero cuando la paz viene a mí, las imágenes se nublan y veo el rostro de ella, de esa nebulosa que me ha manejado, como derrotado tanto tiempo. No obstante, tengo que aceptarlo, la culpa también es mía ya que siempre la he seguido. Cuando no me enseñó, no le reclamé, cuando no me guió, ni siquiera protesté, cuando me abandonó, ni hablé. En costales negros de desperdicios, me entregó migajas para comprarme y las acepté. Me han empujado a decir cosas que ni siquiera razonaba, y me han querido cambiar oro por pequeños favores que, a la larga, me fueron desfavorables. Todos hemos puesto nuestra confianza en esa nebulosa de falsas palabras. Y me siento culpable porque he arruinado mi vida y la de los que me rodean, dejándome controlar a cambio de pequeñas piedras sin valor, que no han hecho más que formar parte del duro suelo. Recuerdo mis desaciertos, que son culpa de ella y mía, por llevar a cabo sus despreciables planes. Recapacito un momento y al pensar en mis errores, los de mi vida, recuerdo cuando dejé que el falso placer entrara en mi sangre, atravesando mi piel, dándome sensaciones falsas y vacías, cada vez que veo las ocho almas que me acompañan y siento el sufrimiento de siete, a causa mía... El dolor y la pesadumbre me consumen haciéndome querer desaparecer de la faz de la tierra. Mas es ahí donde me doy cuenta de que ella estará feliz si me suicido. Porque me utilizaron y ni siquiera deberían deshacerse de mí puesto que yo lo haría por ellos. Así que estoy decidido a cambiar esto y vengarme de ella. Y en este momento mis sentidos vuelven a mí y sin titubear un solo segundo, me dirijo hacia el hogar de las mentiras, con mis manos tensas, marcando en mi ser un paso constante y firme, al mejor estilo militar, pensando en acabar con la nebulosa, decidido a destruir por cualquier medio a mi mayor enemiga. No obstante, al llegar a mi destino, el tiempo se vuelve a detener y, al contemplarla, independientemente de lo que la rodea, listo para ejecutarla, detengo mis propias manos. Me bajo de mi galera, para dirigirme hasta él y culminar mi misión. Cuando lo tengo servido ante mí, a mi disposición, caigo de rodillas, dándome cuenta de que no la podría destruir porque son muchas partes las que la conforman. Y solo le daría un pequeño punzón para deshacerme de esa pequeña parte. Al ver que no podría lograrlo, empiezo a dejar caer lágrimas de mis ojos, y me doy cuenta de que no hay solución, hasta que comprendo que hay una manera de cambiar esta situación y destruir la nebulosa.

La mejor arma para este mal es cambiar mi vida, salvar mis errores, no cometerlos nuevamente, dejar que los demás se inspiren en mi cambio, por medio de los pequeños y delgados cordeles que nos unen. Así, empiezo a debilitar a nuestro enemigo, a la nebulosa, a esa delgada pero pesada nebulosa, que me retuvo durante tantos años, mis “años de nebulosa”.

1 comentario:

Los baches del proceso dijo...

primitoooo..q andas??
che tenemos un escritor enla familia!!
a ver cuandoo conoscooa la nueva prima,,eh?
jjaa
avisa cuandoo venis
besoo!!

Ivi